Bienvenidos hermanos y hermanas a este pequeño espacio dedicado a ustedes

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Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.

FAMILIA EN ALLAH

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Mensaje para los Padres: Enseñarás a tus hijos a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida.

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domingo, 25 de julio de 2010

El efecto del amor por la causa de Allah en la vida de los musulmanes y las musulmanas

El efecto del amor por la causa de Allah en la vida de los musulmanes y las musulmanas

   El Islam vino a edificar una sociedad ideal basada en el amor sincero y en la hermandad, por tal motivo tuvo que sembrar las semillas del amor en los corazones de los individuos que componen la sociedad. De ese modo, hizo de este amor entre los creyentes y entre las creyentes una de las condiciones de la fe que garantizan la admisión al Paraíso.
Esto puede ser percibido en el Hadîz narrado por el Imâm Muslim de Abû Hurairah  en el cual el Profeta  dijo:

"Por Aquel en cuyas manos está mi alma, que vosotros no entraréis al Paraíso hasta que  creáis. Y no creeréis hasta que os améis los unos a los otros. ¿No os he dicho algo, con lo cual, si lo hacéis, os amaréis los unos a los otros? Extended el salâm (el saludo) entre vosotros".8
    El Profeta , con su profunda y brillante perspicacia, comprendió que sólo podría eliminar el odio, el recelo y la rivalidad de los corazones de la gente la auténtica hermandad basada en el amor sincero, la amistad y el consejo mutuo, libre de dominios, odio, hipocresía y envidia. El medio para lograr este fin, es la propagación del salâm, para que los corazones puedan estar abiertos al amor sincero y la amistad.
   Por eso, el Profeta repetía frecuentemente esta enseñanza entre los Sahâbah, con el propósito de sembrar la semilla del amor en sus corazones.
     Con este amor sincero el Profeta formó la primera generación de musulmanes, quienes a su vez formarían el fundamento sólido sobre el cual se construyó la gran estructura del Islam que iluminó el camino para que el resto de la humanidad lo siguiera.
     Con este amor sincero el Profeta fue capaz de edificar un modelo de sociedad humana basada en la hermandad; una sociedad que fue destacada en su vigor, durabilidad y capacidad de realizar sacrificios por el yihâd, para así expandir el Islam por todo el mundo, y también destacada en la solidaridad de sus miembros, descrita por el Profeta de la forma más maravillosa:

"Los creyentes son como una estructura. Se sostienen unos a otros".9

"Los creyentes en su mutua amistad, misericordia y afecto, son como un solo cuerpo: si alguna parte del mismo siente dolor, el resto del cuerpo también sufre el dolor".10

    Desde los comienzos y a lo largo de la historia, la mujer musulmana siempre ha participado en la edificación de la sociedad islámica basada en la hermandad de la fe. Y ella aún continua realizando su cuota de esfuerzo, para divulgar la bendita virtud del amor por la causa de Allah  en la sociedad musulmana, dirigiéndose a sus hermanas y amigas con un corazón rebosante, para fortalecer los lazos de amor y hermandad por la causa de Allah .





8  Sahîh Muslim, 2/35, Kitâb al îmân, bâb baiân annahu lâ iadjul al yannah illa al mu'minûn.
9   Al Bujâri y Muslim. Ver Sharh As Sunnah, 13/47, Kitâb al birr ua as silah, bâb ta‘âun al mu'minîn ua tarâhumihum
10  Ídem.

miércoles, 21 de julio de 2010

La Mujer Musulmana y sus Hijos


Indudablemente, los hijos son una fuente de gran alegría y deleite, pues hacen la vida más dulce, traen más rizq (sustento) en la vida de una familia y dan esperanza. Un padre ve a sus hijos como una futura fuente de ayuda y apoyo, un aumento en el número de miembros, y la perpetuación de la familia. Una madre ve a sus hijos como una fuente de esperanza, consolidación, alegría en la vida, y como una esperanza para el futuro. Todas estas esperanzas descansan en la buena educación de los hijos, y en darles una preparación íntegra para la vida, para que se conviertan en elementos activos y constructivos dentro de la sociedad, una fuente de bienaventuranza para sus padres, su comunidad y la sociedad en su conjunto. Sólo así ellos serán como Allah  los describió:

[Los bienes y los hijos son parte de los encantos de la vida mundanal...] (18:46)

   Si su educación y crianza son desatendidas, ellos se volverán de mal carácter, y serán una carga para su familia, su comunidad y la sociedad en su conjunto.

Ella comprende la gran responsabilidad que tiene para con sus hijos

    La mujer musulmana nunca olvida que la responsabilidad de la madre de educar a los niños y formar su carácter es mayor que la del padre, porque los hijos tienden a estar más cerca de su madre. Ella conoce todo sobre el desarrollo de su conducta emocional e intelectual durante su infancia y los años difíciles de la adolescencia.

    Por esa razón, la mujer que comprende las enseñanzas del Islam y su propio papel educacional en la vida, conoce su absoluta responsabilidad en la crianza de sus hijos, como lo refiere el Corán en la siguiente aleya:

[¡Oh, creyentes! Guardaos a vosotros mismos y a vuestras familias del Fuego, cuyo combustible serán los hombres y las piedras...] (66:6)

El Profeta , también se refirió a esta responsabilidad en su Hadîz:

"Cada uno de vosotros es un pastor y cada uno es responsable de su rebaño. El líder es un pastor, y es responsable de su rebaño; un hombre es el pastor de su familia, y es responsable de su rebaño; una mujer es la pastora en la casa de su marido y es responsable de su rebaño; un siervo es el pastor de la riqueza de su amo, y es responsable de la misma. Cada uno de vosotros es un pastor y es responsable de su rebaño".1

   El Islam coloca la responsabilidad sobre los hombros de cada individuo, nadie queda fuera. Los padres - especialmente las madres - son responsables de proporcionar a sus hijos una sólida formación y una educación islámica integral, basada en las nobles características que el Profeta declaró que había sido enviado para completar y difundir entre la gente: "Yo solamente he sido enviado para completar el comportamiento recto".2

   Nada es más sugestivo de la grandeza de la responsabilidad de los padres hacia sus hijos y su deber de otorgarles una educación islámica adecuada que el veredicto de los ‘ulamâ', por el cual toda familia debe prestar atención a las palabras del Profeta :

"Instruid a vuestros hijos en la oración cuando tengan siete años, y reprendedlos si no lo hacen a los  diez."3

    Cualquier padre consciente de este Hadîz pero que no enseña a sus hijos a orar cuando llegan a los siete años, ni les reprende si no lo hacen cuando llegan a los diez, son padres pecadores y están faltando a su deber; ellos serán responsables ante Allah  por su fracaso.

    El hogar de familia es el microcosmos de la sociedad en el cual se forma la mentalidad, el intelecto, las actitudes e inclinaciones de los niños cuando todavía son muy pequeños y están predispuestos a captar las íntegras palabras de guía. De ahí que el importante rol de los padres en la formación de las mentes de sus hijos e hijas para dirigirlos hacia la verdad y las buenas obras se torne algo bastante claro.

    La mujer musulmana comprende su responsabilidad en la crianza de sus hijos, y tiene un brillante récord en producir e influenciar a grandes hombres, además de infundir nobles valores en sus corazones. No hay prueba mayor de esta afirmación que el hecho de que mujeres inteligentes y brillantes han engendrado más hijos nobles que los hombres brillantes e inteligentes, tantos que difícilmente se encuentre alguno entre los grandes hombres de nuestra Ummah que controlaron el curso de los acontecimientos en la historia que no estuvieran en deuda con su madre.

     Az Zubair Ibn Al ‘Auâm estuvo en deuda por su grandeza con su madre Safiiah Bint ‘Abd Al Muttalib, quien infundió en él sus buenas cualidades y su distinguida naturaleza.

   ‘Abudllah, Al Mundhir y ‘Uruah, los hijos de Az Zubair, fueron producto de los valores infundidos por su madre Asmâ' Bint Abî Bakr, y cada uno de ellos dejó su huella en la historia y alcanzó un elevado status.

   ‘Ali Ibn Abî Tâlib  recibió sabiduría, virtudes y buen carácter de su distinguida madre Fâtimah Bint Asad.
   ‘Abdullah Ibn Ya‘far, el maestro de la generosidad árabe y el más noble de sus líderes perdió a su padre a temprana edad. No obstante, su madre Asmâ' Bint ‘Umais cuidó de él y le transmitió las virtudes y nobles características, en virtud de lo cual, ella misma, se convirtió en una de las grandes mujeres del Islam.

   Mu‘âuiah Ibn Abî Sufiân heredó la fuerza de carácter y la inteligencia de su madre, Hind Bint ‘Utbah, no así de su padre, Abû Sufiân. Cuando era una niña, ella advirtió que su hijo tenía características inteligentes y sobresalientes. Alguien le dijo lo siguiente: "Si él vive, llegará a ser líder de su pueblo". Ella respondió: "¡Qué no viva si sólo llega a ser líder de su pueblo!"

   Mu‘âuiah, en cambio, fue incapaz de infundir su inteligencia, paciencia y habilidades en su propio hijo y heredero, Iazîd, debido a que la madre del niño era una mujer beduina simple con la cual se había casado sólo por su belleza y el rango de su tribu y familia.

   El hermano de Mu‘âuiah, Ziâd Ibn Abî Sufiân, quien fue un excelente ejemplo de inteligencia, astucia y perspicacia, fue similarmente incapaz de transmitir estas cualidades a su hijo ‘Ubaidullah, quien llegó a ser un gobernante torpe, impotente e ignorante. Su madre Maryânah fue una mujer que no poseía ninguno de las virtudes que pudieran darle derecho a ser la madre de un gran hombre.

    La historia registra los nombres de dos grandes hombres de Banû Umaiiah: el primero fue conocido por su fortaleza de carácter, capacidad, inteligencia, sabiduría  y resolución. El segundo tomó el sendero de la justicia, bondad, piedad y rectitud.

    El primero era ‘Abd Al Mâlik Ibn Maruân, cuya madre fue ‘Â'ishah Bint Al Mugîrah Ibn Abî Al ‘Âs Ibn Umaiiah, muy reconocida por la fortaleza de su carácter, determinación e inteligencia. El segundo era ‘Umar Ibn ‘Abd Al ‘Azîz , el quinto de los Julafâ' Ar Râshidûn, cuya madre fue Umm ‘Âsim Bint ‘Âsim Ibn ‘Umar Ibn Al Jattâb, la de carácter más noble entre las mujeres de su tiempo. Su madre fue la honrada devota de Allah , a quien ‘Âsim había visto como una mujer honesta y digna de confianza, y que claramente seguía el sendero recto. Anteriormente ya hemos visto que rehusó añadir agua a la leche, tal como su madre le había dicho, porque sabía que Allah podía percatarse de ello.

Si nos volvemos hacia Andalucía, encontraremos al brillante y ambicioso gobernante, ‘Abd Ar Rahmân An Nâsir, quien habiendo comenzado su vida como un huérfano, procedió a establecer un estado islámico en Occidente, al cual los líderes y reyes de Europa se rendían y en cuyos institutos de enseñanza los eruditos y filósofos de todas las naciones venían a buscar conocimiento. Este gran estado hizo una gran contribución a la cultura islámica mundial. Si examináramos dónde reside el secreto de la grandeza de este hombre, encontraríamos que yace en la grandeza de su madre quien supo cómo infundirle el espíritu dinámico de la ambición.

Durante el período de los Banû ‘Abbâs (Abasíes), existían dos grandes mujeres, quienes implantaron las semillas de la ambición, la distinción y ascendencia en sus hijos. La primera fue la madre de Ya‘far Ibn Iahia, quien fue el uazîr (visir) del jalîfah Hârûn Ar Rashîd. La segunda fue la madre del Imâm Ash Shâfi‘î, quien nunca vio a su padre, pues falleció cuando todavía era una criatura, así que fue su madre quien cuidó de su educación.

    Existen muchos otros ejemplos de brillantes mujeres en nuestra historia, mujeres que infundieron en sus hijos la nobleza de carácter y las semillas de la grandeza permaneciendo detrás de ellos, en todo lo que lograban alcanzar de poder y posición.


Utiliza los mejores métodos para educarlos

    La mujer musulmana inteligente comprende la psicología de sus hijos y es consciente de sus diferencias en cuanto a actitudes e inclinaciones. Ella trata de penetrar en su inocente mundo e implantar las semillas de los valores nobles y las características meritorias, utilizando los mejores y  más efectivos métodos de crianza.

   La madre, naturalmente, está más cerca de sus hijos y se congracia con ellos para que sean sinceros y compartan sus pensamientos y sentimientos con ella. Ella se apresura a corregirlos y purificar sus pensamientos y sentimientos, teniendo en cuenta la edad del niño y su nivel mental. A veces juega y bromea con ellos, felicitándolos y dejándoles escuchar palabras de amor, afecto, compasión, y abnegación. De ese modo, su amor por ella se incrementará y así aceptarán sus palabras de guía y corrección afanosamente. Ellos obedecerán a su madre por el amor que le tienen, porque hay una gran diferencia entre la sincera obediencia que proviene del corazón, basada en el amor, el respeto y la confianza, y la falsa obediencia, basada en la opresión, la violencia, y la fuerza. La primera es una obediencia perdurable, fuerte y fructífera, mientras que la última es infundada y superficial, y rápidamente se desvanecerá cuando la violencia y la crueldad alcancen niveles extremos.



1  (Al Bujâri y Muslim), Ver Sharh As Sunnah, 10/61, Kitâb al imârah ua al qadâ', bâb ar râ‘i mas'ûl ‘an ra‘iiatihi.
2  Relatado por Al Bujâri en Al Adâb Al Mufrad, 1/371, bâb husn al juluq.
3  Relatado por Ahmad, 2/187, y por Abû Dâûd con un isnâd hasan, 1/193, Kitâb as salâh, bâb mata iu'mar al gulâm bi as salâh.

   

  


Ella trata a la madre y a la familia de su esposo con amabilidad y respeto


Una de las maneras en que una mujer manifiesta su respeto hacia su marido es honrando y respetando a su madre. La musulmana que realmente comprende las enseñanzas de su religión sabe que la persona que tiene el mayor derecho sobre un hombre es su madre, como hemos visto en el Hadîz de ‘Â'ishah  citado anteriormente. Por eso, ella lo ayuda a honrar y respetar a su madre, honrando y respetando también a la suya. De ese modo se hará un favor a sí misma y a su marido, porque estará ayudándolo a realizar buenas obras y a temer a Allah , como fue ordenado en el Corán. Al mismo tiempo, ella se congraciará con su esposo quien la apreciará por el honor y respeto dispensado hacia su familia en general, y hacia su madre en particular. Nada podría complacer más a un hombre decente, justo y respetuoso, que ver vínculos sólidos de amor y respeto entre su esposa y su familia. Y nada podría ser más detestable que ver éstos vínculos destrozados por las fuerzas del mal, el odio y la conspiración. La familia musulmana guiada por su fe en Allah , y el seguimiento de las enseñanzas puras del Islam, es imposible que caiga en la trampa de tal comportamiento de la yâhiliiah, el cual habitualmente florece en un ambiente muy apartado de las verdaderas enseñanzas de esta religión.

Una esposa musulmana puede ser puesta a prueba por su suegra y sus otros parientes no consanguíneos, si ellos no son de buen carácter. Si esa situación se presenta, ella está obligada a tratarlos de la mejor manera posible, lo cual requiere de una gran dosis de ingenio, cortesía, y diplomacia. Además debe repeler lo perjudicial inclinándose por aquello que sea  preferible. De ese modo, ella mantendrá un equilibrio entre la relación con sus parientes no consanguíneos y la relación con su esposo. Además, se protegerá a sí misma y a su matrimonio de cualquier efecto adverso que pueda resultar de la carencia de dicho equilibrio.

La musulmana jamás debe pensar que es la única a quien se le exige ser una compañera buena y atenta para con su esposo. Y de que a su esposo no se le exige nada similar, o de que no hay nada de malo en que él la maltrate o fracase en cumplir con algunas de las responsabilidades del matrimonio. El Islam ha regulado las relaciones maritales dando a cada cónyuge derechos y obligaciones. Las obligaciones de la esposa de honrar y cuidar a su marido están equilibradas por los derechos que ella tiene sobre él. Estos derechos son: la protección del honor y la dignidad de su esposa de toda clase de burlas, humillación, tribulación, u opresión. Estos derechos de la mujer contienen las obligaciones del esposo hacia ella, pues él está obligado a honrarla y a satisfacerla tan completamente como sea posible.

Una de las obligaciones del marido musulmán es cumplir con su rol de qauuâm (sustentador y protector) apropiadamente. Éste es un rol que solamente podrá ser cumplido adecuadamente por el hombre que es un líder exitoso en su hogar y su familia, que posee además cualidades masculinas agradables. Dicho hombre tiene una actitud noble y digna, es tolerante, reconoce hasta los errores mínimos, controla su vida matrimonial, y es generoso sin ser extravagante. Él respeta los sentimientos de su esposa, y la hace sentir partícipe en la responsabilidad de manejar los asuntos de la casa, educando a los hijos y trabajando juntó a él, para construir una familia musulmana íntegra, como el Islam quiere que sea.

martes, 20 de julio de 2010

Es Obediente con su Esposo y le Muestra Respeto

 
La fiel musulmana siempre obedece a su marido en tanto no se  involucre ningún pecado. Ella es respetuosa y siempre está dispuesta a complacerlo y hacerlo feliz. Si él es pobre, no se queja. Tampoco se queja de su trabajo en el hogar porque recuerda que muchas de las mujeres virtuosas de la historia islámica establecieron un ejemplo de paciencia, bondad y actitud positiva, al servir a sus maridos y cuidar de sus hogares, a pesar de la pobreza y las dificultades que enfrentaron. Una de las más destacadas esposas ejemplares fue timah Az Zahrâ', la hija de Muhammad  y esposa de ‘Ali Ibn Abî Tâlib . Ella solía quejarse del dolor en sus manos por triturar granos con el mortero. Su esposo ‘Ali Ibn Abî Tâlib le dijo un día: "Tu padre ha comprado algunas esclavas, puedes ir y pedirle una para que venga y nos sirva". Ella fue hacia su padre, pero sintió demasiada timidez para pedirle lo que quería. ‘Ali, entonces, fue y le pidió que le proporcionase una sirviente para su amada hija. Pero el Profeta no podía corresponder a aquellos que eran más caros en sentimientos a él mientras ignoraba las necesidades de los pobres entre los musulmanes. Por eso fue a la casa de su hija y su esposo, y les dijo: "¿No os he enseñado algo mejor que lo que me pedisteis? Cuando os acostéis a la noche, repetid: 'Subhânallah' treinta y tres veces, 'Al Hamdulillah' treinta y tres veces, y 'Allahu Akbar', treinta y cuatro veces. Esto será mejor para vosotros que tener una sirviente".

   Después se despidió y abandonó el lugar, luego de infundir en ellos esta ayuda divina que los haría olvidar su fatiga y los ayudaría a superar su agotamiento.

‘Ali comenzó a repetir las palabras que el Profeta les había enseñado. Luego comentaría: "Nunca dejé de hacer esto, luego de que él me enseñó estas palabras." Uno de sus compañeros le preguntó: "¿Ni aún en la noche de Siffîn?" Él contestó: "Ni aún en la noche de Siffîn."[1]

   Asmâ' Bint Abî Bakr As Siddîq sirvió a su marido Az Zubair y cuidó de la casa. Su marido tenía un caballo al cual ella cuidaba alimentándolo y ejercitándolo. Ella también arreglaba la cubeta de agua, hacía pan y transportaba dátiles sobre su cabeza desde una larga distancia. Al Bujâri y Muslim relataron este hecho según sus propias palabras:

"Az Zubair se casó conmigo sin poseer riquezas, ni esclavos, nada, excepto su caballo. Yo solía alimentar a su caballo, cuidarlo y ejercitarlo. Además, trituraba huesos de dátiles para alimentar a su camello. Solía traer agua y reparar la cubeta, y estaba acostumbrada a hacer el pan, pero no podía hornearlo. Por ese motivo, algunas de mis vecinas, que eran mujeres amables, solían hornearlo por mí. También estaba acostumbrada a llevar dátiles sobre mi cabeza, desde el jardín que el Profeta la había dado a Az Zubair, y este jardín estaba a dos tercios de un farsaj de distancia (más de un kilómetro). Cierto día, regresaba con los dátiles sobre mi cabeza, y me topé con el Mensajero de Allah, junto un grupo de sus compañeros. Él me llamó, ordenó a su camello sentarse para que pudiera montar detrás de él. Le dije a (Az Zubair): 'Me sentí temerosa porque sé que tú eres un hombre celoso.' Él dijo: 'Peor para mí es verte cargar los dátiles sobre tu cabeza que verte montar detrás de él'. Tiempo después, Abû Bakr me envió una sirviente, quien me alivió de tener que cuidar al caballo; y fue como si me hubieran liberado de la esclavitud".[2]

    La auténtica musulmana se dedica a cuidar de su casa y de su marido. Ella conoce los derechos de su marido sobre ella, y cuán grandes son éstos, tal como fueron confirmados por las palabras del Profeta:

"A ningún ser humano le está permitido prosternarse ante otro, pero si esto fuera permitido, yo hubiera ordenado a las esposas prosternarse ante sus esposos, debido a la magnitud de los derechos que ellos tienen sobre ellas".[3]
Y:

"Si pudiese ordenar a alguien prosternarse ante alguna otra persona, yo ordenaría a las mujeres a prosternarse ante sus maridos."[4]

Â'ishah preguntó al Mensajero de Allah: "¿Quién tiene los mayores derechos sobre una mujer?" Él dijo: "Su marido". Ella preguntó: “¿Y quién tiene los mayores derechos sobre un hombre?" Dijo él: "Su madre."[5]

Una mujer fue a preguntarle al Profeta sobre un asunto. Y cuando él trató el mismo, le preguntó: "¿Tienes esposo?" Ella dijo: "Sí." Él le preguntó: "¿Cómo estás con él?" Ella contestó: "Nunca deje de cumplir con mis deberes, salvo aquello que está fuera de mi alcance." Él dijo: "Presta atención a cómo le tratas, pues él es tu Paraíso y tu Infierno."[6]

    ¿Cómo puede quejarse la musulmana de cuidar su casa y su marido después de escuchar estas palabras de guía profética? Ella debe cumplir sus deberes domésticos y cuidar de su marido con un espíritu alegre, ya que no está llevando una carga tediosa, ella está trabajando en su hogar, sabiendo que recibirá la recompensa de Allah .
   Los Sahâbah 35 y quienes los seguían comprendieron esta enseñanza islámica y la transmitieron del Profeta . Cuando una novia se preparaba para el matrimonio, se le decía que sirviera a su futuro marido y cuidara de sus derechos. De esta manera, la mujer musulmana sabía los deberes para con su marido, y con el correr del tiempo el cuidado de su esposo y ser una buena esposa fueron atributos establecidos como propios de la mujer. Un ejemplo de este hecho, es lo dicho por el faqîh al hanbali Ibn Al Yauzi en su libro Ahkâm An Nisâ' (p. 331): En el segundo siglo de la Hégira vivía un hombre recto llamado Shu‘aib Ibn Harb que acostumbraba ayunar y pasar sus noches en oración. Él quería casarse con una mujer, y un día le dijo humildemente: "Yo soy un hombre de mal temperamento". Ella le respondió con discreción e ingenio: "Quien te haya hecho perder el temperamento es peor que tú". Al decir eso, él se dio cuenta que estaba ante una mujer inteligente, prudente y madura. Inmediatamente le dijo: "Tú serás mi esposa".

   Esta mujer tenía un claro entendimiento de cómo llegar a ser una buena esposa, y así se lo confirmó al hombre que vino a pedir su mano al demostrarle que era una mujer que comprendía la psicología y la naturaleza de su marido y sabía lo que le agradaría y lo que lo disgustaría. Ella también era capaz de ganar su corazón, su admiración y respeto, y por otra parte, con esta actitud, cerraba las puertas a toda posible fuente de conflicto que pudiera quebrantar su vida matrimonial. La mujer que no comprenda estas realidades no es digna de ser una esposa exitosa, ya que su ignorancia y sus defectos pueden provocar que su marido pierda la calma. En este caso, ella será peor que él, al ser la causa directa de su enojo.

   La musulmana discreta jamás se asemeja a esta clase de mujer. Ella ayuda a su marido a tener buen carácter, desplegando diferentes tipos de inteligencia, destreza, y agudeza en la forma de tratarlo. Esto hace que él abra su corazón a ella y provoca su cariño, porque ser una buena esposa no es sólo una cualidad de la cual pueda jactarse entre sus amigas, sino que también es una obligación religiosa por la cual Allah la llamará a dar testimonio: si lo ha hecho bien, será retribuida; en cambio, si resultó insuficiente, ella deberá pagar una pena.

   Una de las formas más importantes por la cual la musulmana obedece a su marido es respetando sus deseos en lo que concierne a los placeres permitidos de la vida diaria, tales como: visitas sociales, comida, vestimenta, conversación, etc. Cuando ella responda a sus deseos en dichos asuntos, la vida en pareja se volverá más feliz y agradable, y será más próxima al espíritu y las enseñanzas del Islam.

   La musulmana no olvida que la obediencia a su marido es una de las cosas que pueden llevarla al Paraíso, como lo dijo el Profeta :

"Si una mujer reza sus cinco oraciones diarias, ayuna el mes de Ramadân, obedece a su esposo y guarda su pureza, entonces le será dicho: 'Entra al Paraíso por la puerta que desees'".[7]

Umm Salamah dijo:

"El Mensajero de Allah dijo: 'Toda mujer que muera, y su marido haya estado complacido con ella, entrará al Paraíso'".[8]

   El Profeta trazó un lúcido y encantador cuadro de la esposa musulmana: de buen comportamiento, de buena disposición, cariñosa y justa, alguien que será feliz tanto en este mundo como en el próximo:

"¿Queréis que os hablé sobre vuestras mujeres en el Paraíso?". Nosotros dijimos: "Por supuesto, Mensajero de Allah". Dijo él: "Serán fértiles y cariñosas. Si se enfurecen o son maltratadas, o su marido se pone furioso, ellas dirán: 'Mi mano está en tu mano; yo no dormiré hasta que no estés complacido conmigo'".[9]

    La fiel musulmana sabe que el Islam ha multiplicado su recompensa por obedecer a su marido, y ha hecho de este acto un medio por el cual puede ser admitida en el Paraíso. El Islam también advirtió a toda mujer que se desvíe del sendero de la obediencia matrimonial y descuide la atención de su marido que será culpable de pecado e incurrirá en la ira y la maldición de los Ángeles.

  Al Bujâri y Muslim registraron de Abû Hurairah, que el Profeta dijo:

"Si un hombre llama a su mujer a la cama y ella no viene, y por ello él se va a dormir enfadado con ella, los Ángeles la maldicen hasta la mañana".[10]

Muslim relató de Abû Hurairah que el Profeta dijo:

"Por Aquel en cuyas manos está mi alma, que no hay hombre que llame a su esposa a la cama y ella lo rechace. Pero si esto ocurriera, Quien está en los cielos se enojará con ella hasta que su marido esté complacido con ella de nuevo".[11]

   La maldición de los Ángeles caerá sobre toda mujer rebelde y desobediente; esto no excluye a aquellas que sean demasiado lentas y renuentes a corresponder a sus maridos:

"Allah maldecirá a aquellas mujeres que cuando sus maridos las llaman a la cama, dicen: 'Ya voy, ya voy...' hasta que él se queda dormido".[12]

   El matrimonio en el Islam tiene el propósito de proteger la castidad de los hombres y las mujeres por igual, en consecuencia es un deber de la mujer responder a la petición de su marido en las relaciones conyugales. Ella no debe dar excusas infundadas, ni intentar evitarlo. Por esa razón, numerosos Ahâdîz urgen a la esposa a corresponder las necesidades de su marido, tanto como sea capaz, no interesa cuán ocupada pueda estar o cualquiera sea el obstáculo que exista, siempre y cuando no haya un motivo urgente o inevitable para no hacerlo.
En uno de estos Ahâdîz, el Profeta dijo:

"Si un hombre llama a su esposa a la cama, pues que responda aunque esté montando su camello."[13]
Y:
"Si un hombre llama a su esposa, pues que vaya aunque esté ocupada con el horno."[14]

    El tema de  proteger la castidad del hombre y de mantenerlo alejado de la tentación, es lo más importante entre todas las cosas que una mujer puede hacer, porque el Islam quiere que tanto hombres como mujeres vivan en un ambiente completamente puro y libre de cualquier motivo de fitnah o de placeres prohibidos. Las llamas del deseo sexual y los pensamientos que lo persiguen a través de medios harâm solamente pueden ser extinguidos por medio de la descarga de esa energía natural, de una manera lícita y natural.

Esto fue lo que el Profeta quiso decir en el Hadîz narrado por Muslim de Yâbir:

"Si alguno de vosotros se siente atraído por una mujer, que vaya hacia su esposa y que tenga relaciones con ella, por que eso le hará recobrar la calma".[15]

    La advertencia dada a la mujer cuyo esposo está enojado con ella alcanza tal grado que tendría que sacudir la consciencia de toda esposa virtuosa que tenga fe en Allah y en el Ultimo Día: Se le dijo que su oración y sus buenas acciones no serán aceptadas hasta que su marido no esté nuevamente complacido con ella.
Esto fue expresado en el Hadîz narrado por Yâbir de ‘Abdullah:

"El Mensajero de Allah dijo: 'Existen tres personas cuyas oraciones no serán aceptadas, ni tampoco sus buenas acciones: un esclavo desobediente, hasta que no vuelva a su amo y coloque su mano en la de ellos; una mujer cuyo marido esté encolerizado con ella, hasta que no esté complacido con ella nuevamente; y el borracho, hasta que no esté sobrio."[16]

   Cuando estos Ahâdîz se refieren al marido enfurecido con su esposa, en realidad se refieren a casos en los cuales el esposo está en lo correcto y la esposa en lo incorrecto. Pero cuando se da el caso contrario, y el marido está equivocado, su cólera no tiene implicaciones negativas para ella. Allah recompensará a la esposa por su paciencia. Pero a pesar de ello, a la esposa se le exige la obediencia a su marido mientras no se vea envuelta en pecado alguno, ya que no hay obediencia a un ser creado que ordena desobedecer al Creador. Con relación a esta situación, el Profeta dijo:

"A una mujer que cree en Allah no le está permitido admitir la entrada en la casa de alguien que desagrade a su marido, o salir fuera cuando él no quiere que lo haga, u obedecer a alguien en contra de éste, o abandonar su lecho, o pegarle. Si él está mal, que ella vaya hacia él hasta que esté satisfecho con ella, y si él la acepta entonces todo está bien. Allah aceptará sus actos, la pondrá en una posición más fuerte y no tendrá pecado. Si él no la acepta, ella por lo menos habrá hecho lo mejor que pudo y estará disculpada ante Allah".[17]

    Otro aspecto de la obediencia de la esposa es que ella no debe ayunar en otro período que no sea Ramadân excepto con su permiso; no debe permitir la entrada de alguien a su casa sin su consentimiento; no debe gastar nada de sus ganancias sin su consentimiento. Si ella gasta algo, sin habérselo dicho a él, la mitad de la recompensa por ese gasto le será otorgada a él. La fiel mujer musulmana hace caso de esta enseñanza, que fue enunciada por el Profeta en el siguiente Hadîz:

"No le está permitido a una mujer ayunar cuando su esposo esté presente, a menos que sea con su consentimiento; o permitir que alguien entre en su casa a menos que sea con su consentimiento; o gastar cualquiera de sus ganancias a menos que él le dijera de hacerlo. De otro modo, la mitad de la recompensa le será otorgada a él".[18]

De acuerdo a un relato brindado por Muslim, él dijo:

"Una mujer no debe ayunar si su marido está presente, a menos que sea con su permiso. No debe permitir que nadie entre en su casa cuando él está presente sin su consentimiento. De lo que ella gaste de sus bienes sin habérselo dicho, la mitad de la recompensa le será concedida a él".[19]

     El punto en cuestión aquí es el permiso del marido. Si una esposa da algo de su dinero en caridad voluntaria sin su permiso, no recibirá ninguna recompensa; por el contrario, será registrado como un pecado por su parte. Si ella quiere gastar en su ausencia sabiendo que si él se enterara le daría su permiso, le está permitido hacerlo. De otro modo, no se le permite llevarlo a cabo.

   El entendimiento mutuo y la armonía entre el esposo y la esposa no podrá ser alcanzado a menos que exista una comprensión entre ellos sobre dichos asuntos, para que ninguno de los dos caiga en errores o problemas que pudieran dañar el matrimonio que el Islam ha edificado sobre las bases del amor y la misericordia, y del cual procura mantener su pureza, protección y armonía.

    Si el esposo es un hombre mísero que gasta muy poco en ella y sus hijos,  a ella se le permite gastar tanto como necesite de su riqueza en sí misma y en sus hijos, pero con moderación, sin que se entere su marido. El Profeta expresó lo siguiente a Hind Bint ‘Utbah, la esposa de Abû Sufiân, cuando se presentó ante él y le dijo: "Mensajero de Allah, Abû Sufiân es un hombre tacaño. Lo que él me proporciona no es suficiente para mí ni para mi hijo, a menos que tome de él sin su conocimiento". Él le dijo: "Toma lo que sea suficiente para ti y para tu hijo, con moderación".[20] Así, el Islam ha hecho a las mujeres responsables y de buena conducta en su manejo de los asuntos domésticos.

   La mujer musulmana comprende la responsabilidad que el Islam le ha conferido para cuidar la casa de su marido y de sus hijos, convirtiéndola en una "pastora" que vela por la casa de su marido y de sus hijos. Esta responsabilidad le ha sido recordada, específicamente, en reconocimiento a su rol, en el Hadîz en que el Profeta hizo de cada individuo de la sociedad islámica responsable por aquellos que estén bajo su autoridad, de tal forma que ningún hombre o mujer puede evadir esta responsabilidad:

"Cada uno de vosotros es un pastor, y cada uno es responsable de aquellos bajo su custodia. Un gobernante es un pastor, un hombre es el pastor de su familia, una mujer es la pastora de la casa de su marido y de sus hijos. Porque cada uno de vosotros es un pastor, y cada uno es responsable de quienes estén bajo su custodia".[21]

    La fiel musulmana se describe siempre como una mujer cariñosa hacia sus hijos y preocupada por su marido. Éstas son dos de las cualidades más hermosas que una mujer, en cualquier época o lugar, puede poseer. El Profeta exaltó estas dos cualidades, encarnadas en las mujeres de Quraish, quienes representaron a las mejores mujeres entre los árabes, en cuanto al afecto por sus hijos, la preocupación por sus maridos, el respeto de sus derechos y el desvelo por sus bienes con cuidado, honestidad y sabiduría:

"Las mejores mujeres que montan camellos son las mujeres de Quraish. Ellas son las más compasivas para con sus hijos cuando son pequeños, y las más cuidadosas en lo concerniente a los bienes de sus esposos".[22]

    Éste es un apreciable testimonio por parte del Profeta , donde se atestiguan las cualidades psicológicas y morales de las mujeres de Quraish que acrecentaron su belleza y virtud. Este testimonio representa una invitación a todas las mujeres musulmanas para que emulen a las mujeres de Quraish en el cariño hacia sus hijos y en el cuidado de sus maridos. Estas dos importantes características contribuirán al éxito de un matrimonio, promoviendo individuos y familias felices, y ayudando al progreso de una sociedad.

   Para la mujer constituye un gran honor cuidar de su marido cada mañana y cada noche, dondequiera que vaya, tratándolo con dulzura y buenos modales. Esto llenará su vida de alegría, tranquilidad y estabilidad. Las mujeres musulmanas tienen el mejor ejemplo en Â'ishah , quien acostumbraba acompañar al Profeta en el Hayy, cuidando de él, poniéndole perfume con sus propias manos, antes de entrar en estado de ihrâm, y después de finalizar su ihrâm, antes que efectuara el tauâf al ifâdah.[23] Ella escogía para él el mejor perfume que pudiera encontrar. Esto está registrado en cierto número de Ahâdîz sahîhah recopilados por Al Bujâri y Muslim, por ejemplo:

"Aplicaba perfume al Mensajero de Allah con mis propias manos antes de entrar en estado de ihrâm y cuando lo concluía, antes de circunvalar la casa (es decir, la Ka‘bah)".[24]

"Aplicaba perfume al Mensajero de Allah con mis dos manos cuando él entraba en ihrâm y cuando lo concluía, antes de realizar el tauâf." - y ella extendió sus manos".[25] Dijo ‘Uruah:

"Le pregunté a Â'ishah : ‘¿Con qué perfumabas al Mensajero de Allah en el momento en que entraba en estado de ihrâm?’ Ella dijo: 'Con el mejor perfume'".[26]

De acuerdo a otro relato también recopilado por Muslim, Â'ishah dijo:

"Apliqué el mejor perfume que pude encontrar al Mensajero de Allah antes de que entrara en ihrâm y al concluirlo, antes de que él realizara el tauâf al ifâdah".[27]

Cuando el Profeta estaba en estado de recogimiento (i‘tikâf), inclinaba su cabeza hacia Â'ishah, y ella peinaba y lavaba su cabellera. Tanto Al Bujâri como Muslim relataron este hecho en el Hadîz sahîh narrado por Â'ishah , que dice:

"Cuando el Mensajero de Allah estaba en i‘tikâf, inclinaba su cabeza hacia mí y yo peinaba su cabello. Él no entraba en casa a menos que fuera para responder al llamado de la naturaleza".[28]

"Solía lavar la cabeza del Profeta cuando yo estaba menstruando".[29]

   Honrar y respetar al esposo es una de las actitudes características de esta Ummah. Es una de las buenas maneras conocidas desde el tiempo de la yâhiliiah, aprobada por el Islam y perpetuada por los árabes después de abrazar el Islam. Nuestra herencia árabe está llena de estos textos que elocuentemente describen el consejo dado por las madres a sus hijas, para cuidar del honor y respeto de sus esposos; estos textos pueden ser considerados como documentos sociales de incalculable valor.

    Uno de los textos más famosos y hermosos, fue registrado por ‘Abd Al Mâlik Ibn ‘Umair Al Qurashi, una de los eruditos más sobresalientes del segundo siglo de la Hégira. Él citó las palabras de consejo dadas por Umâmah Bint Al Hâriz, una de las mujeres más elocuentes y cultas, de gran sabiduría y madurez, a su hija en vísperas de su casamiento. Estas bellas palabras merecen estar inscritas en tinta dorada.

   ‘Abd Al Mâlik narró: "‘Auf Ibn Muhallim Ash Shaibâni, uno de los líderes más altamente respetados de la nobleza árabe, durante la yâhiliiah hizo casar a su hija Umm Iâs con Al Hâriz Ibn ‘Amr Al Kindi. Ella estaba lista para tomar la mano de su prometido, cuando su madre Umâmah vino hacia donde ella estaba para aconsejarla, y le dijo:

   ¡Hija mía! Juzgo innecesario darte este consejo debido a las buenas maneras y el noble origen, porque posees tales cualidades, pero te servirá como recordatorio a ti y a quienes lo olviden, y habrá de ayudar a quienes sean sabios.'

   ¡Hija mía! Si una mujer fuera capaz de arreglarse a solas, sin un esposo, por la virtud de la riqueza de su padre, y su necesidad por él, entonces tú de entre toda la gente, serías más capaz de arreglarte sin un esposo, pero las mujeres fueron creadas para los hombres, así como los hombres fueron creados para ellas.

   ¡Hija mía! Estás a punto de abandonar el hogar en el cual creciste, donde aprendiste a caminar por primera vez, para ir a un lugar que desconoces, a un compañero que  no te es familiar. Al casarse contigo, él se ha convertido en tu señor, por lo tanto sé como una servidora para él, y él se convertirá en un servidor para ti.

    Toma de mí estos diez consejos, que serán como una provisión y un recordatorio para ti.
  El primero y el segundo de ellos son: sé feliz en su compañía, escúchalo y obedécele, porque el contento trae sosiego a la mente, y los actos de escuchar y obedecer al marido agradan a Allah.

   El tercero y el cuarto de ellos son: asegúrate de oler y lucir bien; él no debe ver nada desagradable en ti, y no debe oler de ti más que un agradable aroma o un perfume. El kuhl es el mejor cosmético que existe, y el agua es mejor que el más exquisito perfume.

   El quinto y el sexto de ellos son: prepara su comida puntualmente, y permanece quieta mientras él esté dormido, porque el hambre voraz es como una llama ardiente, y molestar a una persona cuando duerme es hacerla encolerizar.

   El séptimo y el octavo de ellos son: cuida de sus sirvientes (o empleados) y de sus hijos, y cuida de su riqueza, porque el cuidado de sus bienes indica que lo aprecias y el cuidado de sus hijos y sirvientes muestra una buena administración.

   El noveno y el décimo de ellos son: no reveles jamás ninguno de sus secretos, y nunca desobedezcas ninguna de sus órdenes, porque si revelas alguno de sus secretos nunca te sentirás a salvo de su posible traición, y si lo desobedeces, su corazón estará lleno de odio hacia ti.

   Cuídate, hija mía, de mostrar alegría ante él cuando se encuentre alterado, y no muestres tristeza cuando él esté feliz, porque lo primero demuestra un juicio pobre, mientras que lo segundo lo hará infeliz.
   Demuéstrale tanto honor y respeto como puedas, y concuerda con él tanto como puedas, a fin de que él disfrute de tu compañía y conversación.

   Has de saber hija mía, que tú no conseguirás lo que deseas hasta que no sometas tu placer al de él y tus deseos a los suyos en todo lo que te agrade y disguste. Y que Allah elija lo mejor para ti y te proteja".[30]
   Luego, ella fue tomada por su esposo, y el matrimonio fue un gran éxito, pues dio a luz a reyes que gobernaron después de él.

   Estos consejos abarcan todo lo que una persona pueda imaginar, en cuanto a los buenos modales que una joven necesita saber para tratar a su esposo adecuadamente y ser una compañera apropiada. Las palabras de esta prudente madre merecen ser tomadas como el nivel de toda jovencita que está próxima a casarse.

     Si ella fuera rica, la verdadera musulmana, no deja que su riqueza e independencia financiera la cieguen de la importancia de respetar los derechos de su marido sobre ella. Ella todavía cuida de él y lo honra, no importa cuán rica sea o pueda llegar a ser. Ella sabe que está obligada a demostrar gratitud a Allah, por las bendiciones con las cuales la ha agraciado, así pues, que incremente sus ayudas caritativas por la causa de Allah. La primera persona a quien ella debe dar generosamente es a su propio marido, si él fuera pobre; si éste fuera el caso, ella recibirá dos recompensas, una por prestar cuidado a un miembro de su familia, y otra por dar caridad, tal como el Profeta lo expresó en el Hadîz narrado por Zainab Az Zaqafiiah, la esposa de ‘Abdullah Ibn Mas‘ûd :

"El Profeta nos dijo: '¡Oh, mujeres! Dad en caridad aunque sea alguna de vuestras joyas'. Regresé a la casa de ‘Abdullah Ibn Mas‘ûd y le dije: 'Tú eres un hombre de poca riqueza, y el Profeta nos ordenó dar caridad, así que ve y pregúntale si es lícito para mí darte caridad. Si lo es, yo lo haré; si no es así, yo daré caridad a alguna otra persona'. ‘Abdullah dijo: 'No, ve tú y pregúntaselo'. De ese modo, fui y encontré a una mujer de los Ansâr en la puerta del Profeta, quien también tenía esta pregunta. Nos sentíamos muy temerosas de entrar, por respeto, entonces salió Bilâl y le pedimos lo siguiente: 'Ve y dile al Mensajero de Allah que hay dos mujeres en la puerta que desean saber si les está permitido dar sadaqah  a sus maridos, y a los huérfanos bajo su cuidado. Pero no le digas quienes somos'. A continuación Bilâl entró a la casa y le comunicó este mensaje al Profeta , quien preguntó: '¿Quiénes son?' Bilâl le dijo: 'Una de las mujeres de los Ansâr y Zainab'. El Profeta preguntó: '¿Cuál de las Zainab es?'. Bilâl respondió: 'La esposa de ‘Abdullah.' El Profeta dijo: 'Ellas tendrán dos recompensas: la recompensa por mantener la relación familiar, y la recompensa por dar caridad".[31] De acuerdo con un relato brindado por Al Bujâri, él dijo: "Tu esposo y tu hijo son más merecedores de tu caridad".[32]

   La fiel musulmana siempre se cuida de dar las gracias por las bendiciones de Allah si su vida es cómoda, y nunca pierde la paciencia si se encuentra con una dificultad. Ella tampoco olvida la advertencia que impartió el Profeta a las mujeres en general, cuando vio que la mayoría de los habitantes del Infierno eran mujeres. Por ese motivo, debe buscar refugio en Allah para no convertirse en una de ellas.
   Al Bujâri y Muslim narraron de Ibn ‘Abbâs que el Profeta dijo:

"‘¡Oh, mujeres! Dad caridad, porque ciertamente he visto que vosotras formáis la mayoría de la población del Infierno’. Ellas le preguntaron: ‘¿A qué se debe esto, Mensajero de Allah?’. Él dijo: ‘Porque vosotras maldecís demasiado y sois ingratas del buen trato (por parte de vuestros esposos)’".[33]

De acuerdo a otro relato recopilado por Al Bujâri, él dijo:

"Porque ellas son desagradecidas. Aunque las trates bien durante toda una vida, cuando vean una falta en ti, dirán: ‘¡Nunca he visto nada bueno en ti!’".[34]

De acuerdo con un relato brindado por Ahmad, un hombre dijo: "‘Mensajero de Allah, ¿Acaso ellas no son nuestras madres, hermanas y esposas?’. Él dijo: ‘Por supuesto, pero cuando son tratadas generosamente son desagradecidas, y cuando son puestas a prueba no tienen paciencia’".[35]

   Cuando la fiel musulmana reflexiona acerca de estos Ahâdîz sahîhah que describen el destino de la mayoría de las mujeres en el Más Allá, ella siempre se mantiene alerta para no caer en los pecados de la ingratitud hacia su marido, en las blasfemias frecuentes, la negación del buen trato a su marido, el olvido de dar las gracias por los momentos de tranquilidad, y la incapacidad de ser paciente en momentos de dificultad. En cualquier caso, ella se apresura a dar caridad, tal como el Profeta urgió a todas las mujeres, con la esperanza de que la salvará de ese atroz destino que sobrevendrá a la mayoría de aquellas mujeres que se desviaron de la verdad y dejaron que los asuntos triviales las distrajeran de la remembranza de Allah y del Último Día. La musulmana, por otra parte, establece el más excelso ejemplo de respeto hacia el marido, y toma nota de sus buenas cualidades. Ésta es la actitud de lealtad de la verdadera musulmana, que respeta los derechos de su marido y no ignora sus virtudes.

    La historia de las mujeres musulmanas está llena de relatos que reflejan esta lealtad y reconocimiento de las buenas cualidades del esposo. Uno de estos relatos es el de Asmâ' Bint ‘Umais, quien fue una de las más grandes mujeres del Islam, y una de las primeras mujeres en emigrar a Al Madînah. Ella se casó con Ya‘far Ibn Abî Tâlib, luego con Abû Bakr As Siddîq, y luego con ‘Ali 35. En cierta ocasión, sus dos hijos Muhammad Ibn Ya‘far y Muhammad Ibn Abî Bakr estaban compitiendo el uno con el otro. Cada uno decía: "Yo soy mejor que tú, y mi padre fue mejor que el tuyo". ‘Ali le dijo: "Juzga entre ellos, Asmâ'". Ella dijo: "Jamás he visto a un hombre joven entre los árabes que fuera mejor que Ya‘far, y jamás he visto a un hombre maduro que fuera mejor que Abû Bakr". Dijo ‘Ali: "No has dejado nada para mí. ¡Si hubieras dicho alguna otra cosa distinta de lo que dijiste, te hubiera odiado!". Asmâ' dijo: "Tú estás entre los tres mejores aunque seas el menor de ellos".[36]

    ¡Qué inteligente y elocuente respuesta dio esta sabia mujer! Ella asignó a cada uno de sus tres maridos el respeto que se merecían, y complació a ‘Ali a pesar de ser el menor, porque incluyó a todos ellos en ese grupo de los mejores hombres.


[1]  Ver Fath Al Bâri', 7/71, Kitâb fadâ'il as sahâbah, bâb manâqib ‘Ali Ibn Abî Tâlib; Sahîh Muslim, 17/45, Kitâb adh dhikr ua ad du‘â', bâb at tasbîh auual an nahâr ua ‘inda an naum.
[2]  Ver Fath Al Bâri', 9/319, Kitâb an nikâh, bâb al gîrah.
[3]  Relatado por Ahmad y Al Bazzâr; los hombres de su isnâd son Riyâl as sahîh. Ver Mayma‘ az zauâ'id, 9/4, Bâb haqq az zauy ‘ala al mâr'ah.
[4]  Hadîz hasan sahîh, narrado por At Tirmidhi, 2/314, en Abuâb ar ridâ‘.
[5]  Relatado por Al Bazzâr con un isnâd hasan. Ver Mayma‘ Az Zauâ'id, 4/308, Bâb haqq az zauy ‘ala al mar'ah.
[6]  Relatado por Ahmad y An Nasâ'i con un isnâd yaiid, y por Al Hâkim, quien dijo que su isnâd era sahîh. Ver Al Mundhiri, At targîb ua at tarhîb, 3/52, Kitâb an nikâh.
[7]  Relatado por Ahmad y At Tabarâni; sus narradores son ziqât. Ver Mayma‘ Az Zauâ'id, 4/306, Bâb haqq az zauy ‘ala al mar'ah.
[8]  Ibn Mâyah, 1/595, Kitâb an nikâh, bâb haqq az zauy ‘ala al mar'ah; Al Hâkim, 4/173, Kitâb al birr ua as silah; él dijo que su isnâd es sahîh.
[9]  Relatado por At Tabarâni. Sus narradores son aquellos cuyos relatos fueron aceptados como sahîh. Ver Mayma‘ Az Zauâ'id, 4/312.
[10]  Fath Al Bâri', 9/294, Kitâb an nikâh, bâb idhâ bâtat al mar'ah muhâyirah firâsh zauyiha; Sahîh Muslim, 10/8, Kitâb an nikâh, bâb tahrîm imtinâ‘ al mar'ah min firâsh zauyiha.
[11]  Sahîh Muslim, 10/7,Kitâb an nikâh, bâb tahrîm imtinâ‘ al mar'ah ‘an firâsh zauyiha.
[12]  Hadîz sahîh narrado por At Tabarâni en Al Awsat y Al Kabîr. Ver Mayma‘ Az Zauâ'id, 4/296, bâb fi man iad‘ûha zauyuha fa ta‘talla.
[13]  Relatado por Al Bazzâr, cuyos narradores son Riyâl as sahîh. Ver Mayma‘ Az Zauâ'id, 4/312.
[14]  Hadîz hasan sahîh narrado por At Tirmidhi, 2/314, Abuâb ar ridâ‘, 10, y por Ibn Hibbân, Sahîh, 9/473, Kitâb an nikâh.
[15]  Sahîh Muslim, 9/178, Kitâb an nikâh, bâb nadb man ra'a imra'atan fa uaqa‘at fi nafsihi ila an ia'ti imra'atahu.
[16]  Relatado por Ibn Hibbân en su sahîh, 12/178, Kitâb al ashribah, 2, fasl fi al ashribah.
[17]  Relatado por Al Hâkim, 2/190, Kitâb an nikâh; él dijo que su isnâd es sahîh.
[18]  Fath Al Bâri', 9/295, Kitâb an nikâh, bâb lâ ta'dhan al mar'ah fi bait zauyiha li ahad illa bi idhnihi.
[19]   Sahîh Muslim, 7/115, Kitâb az zakâh, bâb ayr al jâzin ua al mar'ah idha tasaddaqat min bait zauyiha.
[20]  Al Bujâri y Muslim. Ver Sharh As Sunnah, 9/327, Kitâb al ‘iddah, bâb nafaqah al aulâd ua al aqârib.
[21]  Al Bujâri y Muslim. Ver Sharh As Sunnah, 9/327, Kitâb al imârah ua al qadâ': bâb ar râ‘i mas'ûl ‘an ra‘iiatihi.
[22]  Ver Sahîh Muslim, 16/81, Kitâb fadâ'il as sahâbah, bâb min fadâ'il nisâ' Quraish.
[23]  Tauâf al ifâdah es uno de los ritos más importantes del Hayy. Realizado en el décimo día del mes de Dhu Al Hiyyah luego de sacrificar un animal y rasurarse la cabeza.
[24]   Sahîh Muslim, 8/99, Kitâb al hayy. bâb istihbâb at tîb qabl al ihrâm.
[25]  Fath Al Bâri', 3/585, Kitâb al hayy. bâb istihbâb at tîb qabl al ihrâm.
[26]  Sahîh Muslim, 8/100, Kitâb al hayy. bâb istihbâb at tîb qabl al ihrâm.
[27]  Sahîh Muslim, 8/100, Kitâb al hayy. bâb istihbâb at tîb qabl al ihrâm.
[28]  Sahîh Muslim, 3/208, Kitâb al haid, bâb yauâz gusl al hâ'id ra's zauyiha ua taryîluhu.
[29]  Fath Al Bâri', 1/403, Kitâb al haid, bâb mubâsharah al hâ'id; Sahîh Muslim, 3/209, Kitâb al haid, bâb yauâz gusl al hâ'id ra's zauyiha.
[30]  Yamharah jutab al ‘arab, 1/145.
[31]  Fath Al Bâri', 3/328, Kitâb az zakâh, bâb az zakâh ‘ala az zauy ua al aitâm fi al hiyr; Sahîh Muslim, 7/86, Kitâb az zakâh, bâb az zakâh ‘ala al aqârib.
[32]  Fath Al Bâri', 3/325, Kitâb az zakâh, bâb az zakâh ‘ala al aqârib.
[33]  Fath Al Bâri', 3/325, Kitâb az zakâh, bâb az zakâh ‘ala al aqârib; Sahîh Muslim, 2/65, Kitâb al îmân, bâb baiân nuqsân al îmân bi naqs at tâ‘ât.
[34]  Fath Al Bâri', 1/83, Kitâb al îmân, bâb kufrân al ‘ashîr.
[35]  Relatado por Ahmad, 3/428; sus narradores son Riyâl as sahîh.
[36]  At Tabaqât Al Kubra, 7/208 - 209.